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Recuerdos de infancia de una exiliada en Shanghai Selección
y traducción del alemán de
Entre los niños que después del largo exilio en Shanghai regresaron a Alemania en 1947, a bordo del Marine Lynx, estaba Sonja Mühlberger. Había venido al mundo el 26 de octubre de 1939 en Shanghai, hacia donde sus padres habían huído a fines de marzo de ese mismo año. Su padre había sido liberado del campo de concentración de Dachau con la condición de abandonar Alemania inmediatamente. En abril de 1997, Sonja escribió por primera vez sobre algunas de sus experiencias de infancia en Shanghai: "Al principio vivíamos de la comida del asilo, ni muy buena ni muy substanciosa. Pero al menos una vez al día había algo para comer, gracias al auxilio de organizaciones de ayuda judío-norteamericanas y de algunas familias influyentes. Por ejemplo a mí, que era muy pequeña, me ubicaron en un jardín de infantes, construido por la familia Sassoon(1) para hijos de emigrados, porque mi madre había conseguido trabajo como ayudante de modista. Su salario era la comida diaria. A mí, que era una niña, todo esto no me pesaba tanto como a mis padres. Como yo era de mal comer no sentía el hambre que a menudo debían sufrir ellos. Más tarde mi padre, como algunos otros emigrados, empezó a trabajar como vendedor de huevos en el negocio de un chino, y al mismo tiempo aprendió a hablar chino (el dialecto de Shanghai). En un oscuro cuarto trasero sin ventanas, mi padre se sentaba en una banqueta, con unos canastos grandes a ambos lados; tomaba de uno de los canastos cuatro huevos a la vez entre sus dedos, los miraba a trasluz ante una bombilla y los ponía en el otro canasto grande, o los desechaba en uno más pequeño; yo me sentaba a su lado y lo miraba. Algunas veces me sentaba sobre el portaequipaje de la bicicleta, a sus espaldas, cuando iba al campo a comprar huevos o unos pocos pollos. También usaba esa bicicleta para repartir los huevos, y a menudo, para abastecer a sus clientes, debía subir muchas escaleras con canastos pesados. Y con esa misma bicicleta me llevaba al jardín de infantes, más tarde a la escuela, y me iba a buscar a la salida. (...) Durante dos años concurrí a la escuela Kadoorie, era un curso exclusivamente de niñas en el que también había tres niñas chinas. La lengua que se usaba en clase era el inglés. Teníamos que hablar en inglés también en los recreos, pero cuando estábamos suficientemente lejos de las maestras, hablábamos alemán entre nosotras. Muchas veces mi madre me leía cuentos de hadas alemanes de un libro que no sé de dónde sacó. Cuando una vez pregunté qué era un bosque me dijo que debía imaginarme un árbol, y después otro, y así sucesivamente, y que eso era un bosque. Sólo después de la apertura del ghetto pudimos visitar el Jessfield Park donde había más árboles, y eran más grandes, que en el pequeño Waysidepark situado en las cercanías del edificio donde vivíamos. Al principio tuve pocos juguetes, y a falta de ellos dibujaba ropa para muñecas de papel. Una vez habíamos ido a ver a un médico, y en la sala de espera pude hojear algunas revistas de modas que me interesaron, así que yo misma empecé a hacer bocetos de vestidos para mis muñecas de papel. La única muñeca verdadera que tuve me la regalaron a los seis años; la senté en el alféizar de una de las ventanas de la planta baja para que pudiera vernos jugar, pero apenas me dí vuelta, desapareció para siempre. La robaron los niños chinos que eran todavía más pobres que nosotros. (...) Vivíamos en un lugar donde había un cruce de calles. A la izquierda de la casa había un terreno lleno de escombros, a la derecha una casa donde también vivían emigrados; frente a nuestra casa, en la esquina, delante del muro de la fábrica de cigarrillos, por la mañana solían aparecer varios envoltorios colocados en fila, uno junto a otro. Cuando me levantaba y me asomaba al balcón, a menudo oía un lloriqueo. Un día me dijo mi madre que en los bultos había bebés, en su mayoría niñas, que eran abandonados allí durante la noche. Muchas veces les rogué a mis padres que recogieran a uno de aquellos niños, porque no había cosa que deseara más que una hermana; pero ellos no quisieron satisfacer mi deseo: me explicaron que no se sabía si aquellos niños estaban enfermos y que, además, nosotros no podíamos alimentar a un niño. Por desgracia siempre podía observar cómo llegaba un chino con un carro que cargaba los bultos sin ninguna clase de consideración y se iba con ellos. También podía observar otras cosas desde el balcón. Por ejemplo, al otro lado del cruce de calles había un lugar donde se reunían los culis de los "rickshaws" y compraban agua caliente que, según se sabía, calmaba mejor la sed. Mi padre nunca quiso viajar en "rickshaw", encontraba humillante hacerse llevar por un hombre, si bien algunas veces tomaba un pedicab (un chino que conducía una bicicleta) o viajaba en el ómnibus. (...) Tuve una muy mala experiencia antes de nuestra partida a Alemania. Mis padres siempre trataron de conservar vivo en mí el amor a Alemania, su patria. Y si el fascismo era derrotado querían volver a Alemania. Naturalmente yo le conté esto a todos los que quisieron escucharme, pero la mayoría de los emigrados tenían muchos argumentos en contra del regreso a un país donde su dignidad humana había sido pisoteada y donde habían asesinado a sus parientes y a sus amigos. Estaban muy amargados y pensaban que, a pesar de todo, allí seguirían estando las mismas personas, y en eso tuvieron razón. Pero no puedo olvidarme de que siendo una niña los emigrados alemanes me insultaron por esa razón, y hasta llegaron a escupirme; aunque realmente lo que yo menos sabía era que mis padres habían decidido volver a Alemania y no aceptar el ofrecimiento de emigrar a América. Integramos el grupo de los que volvieron con el primer
transporte que llevó de regreso a su patria a alemanes y austríacos.
Nuestro barco, el transporte de tropas norteamericano Marine Lynx, zarpó
de Shanghai el 25 de julio de 1947 y llegó a Nápoles el
16 de agosto. Desde allí, los 295 alemanes entre los que mi hermano
Peter, con sus dos años, era el más joven, necesitaron aún
una semana en un tren de carga, hasta que el 21 de agosto de 1947 entraron
en la Görlitzer Bahnhof de Berlín. Los hombres habían
tendido sogas ante las puertas de los vagones, para que nosotros, los
niños, no pudiéramos caernos. Cuando el tren se detenía,
nuestro amigo Alfred Zacharias, corría a velar por nuestras necesidades,
y así fue que pudimos conseguir hasta un poco de paja para dormir
en nuestro vagón. De vez en cuando mi madre abría alguna
lata de las que nos había proporcionado la UNRRA, y entibiaba su
contenido en un calentadorcito. En esa época, la mayoría
de la gente se alimentaba con galletas secas. Extractado de Leben im Wartesaal. Exil in Shanghai.
1938-1947. Notas |
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