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Ser humano en Auschwitz Prof. Abraham Huberman Sobre el libro de Conversaciones con Charles Papiernik: como se puede no ceder a los instintos de la bestialización cuándo cada minuto es una eternidad.
Pasar el infierno de Auschwitz preservando la imagen humana: ¿Cómo se hace, cómo se consigue? Hay un dicho judío que dice: "allí donde no hay gente, esfuérzate por ser tú un hombre". Charles Papiernik, que sobrevivió Auschwitz, trata de darnos ese mensaje en su libro, que no siempre es lineal ni fácil de captar. No son experiencias que se pueden transmitir ni comprender sin haber estado allí. Aunque escuché a Charles contarme infinitas veces relatos acerca de lo que le sucedió en aquella época, no creo que haya llegado a entenderlo, o que él hubiera podido transmitirlo. Cada minuto era toda una vida, llena de terror, de incertidumbre y también de fortaleza humana que debía ser renovada constantemente. ¿Dónde estaba la fuente de dicha fortaleza? En los años pasados en la ieshivá jasídica, en su activismo en el Bund en Polonia y luego en la Juventud Socialista en Francia? ¿O tal vez en algo más profundo que le fue transmitido en su casa, por el entorno judío, por la profunda identificación con valores que luego mantuvo en situaciones extremas? En Auschwitz los enemigos eran muchos: no sólo los nazis y sus servidores, sino los propios compañeros podían llegar a serlo. Cuando el hambre arreciaba y un mendrugo más de pan podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte, ¿no era una gran tentación quitárselo al compañero y de esa manera prolongar la propia, aunque eso fuese a costa del prójimo? De esa manera se confirmaría la teoría bestial de los nazis: "para que un hombre viva, otro debe morir". Sin embargo, no todos se sometieron a ese designio. Preservar la humanidad, la vigencia de los valores humanos esenciales, era allí tan significativa, quizás más que en cualquier otra parte o situación. Pero en tales circunstancias, que están más allá de todo lo imaginable, comportarse como un hombre, no ceder a los intentos de bestialización, se torna un verdadero acto de resistencia que sólo puede efectivizarse si persiste la esperanza, por más remota que sea, de que finalmente el mal será vencido y que aunque tarde, finalmente se impondrá. Charles me contó en más de una oportunidad que uno de los hechos que le hizo tener fe en la derrota final de los nazis fue la lectura casual y peligrosa por cierto, de un diario que uno de los guardias nazis había traído de su casa, cuando regresó de un franco. Allí el periódico alemán anunciaba que el ejército alemán había sufrido una gran derrota en Stalingrado. Como es sabido, esa derrota marcó un vuelco total en la marcha de la guerra. Fue el comienzo del fin o el fin del comienzo. Aunque la victoria estaba todavía muy lejos y muchos no alcanzarían a vivir para celebrarla, se había quebrado el mito de la invencibilidad nazi. Ese solo hecho fortaleció los corazones de los desdichados prisioneros en Auschwitz o en otros campos. Charles Papiernik nos entrega en este libro un nuevo capítulo de una historia que cada vez nos descubre una nueva faceta. Como dije anteriormente, cada minuto en Auschwitz era una eternidad. Desde el primer día de su llegada hasta el último de la liberación, la vida parecía una inmensa agonía. Incluso ya en los últimos momentos, cuando estaban a punto de ser liberados, cuando lo más lógico para los mismos nazis hubiera sido huir, poner la mayor distancia posible entre ellos y su obra, persistieron en torturar a los prisioneros judíos de mil formas distintas, mediante las marchas de la muerte que tenían como finalidad matarlos por agotamiento o disparándoles. Justamente en esa fase final los nazis querían obligar a sus prisioneros a entrar en una construcción donde estaban siendo destruidos aviones. "Fue la única vez que dijimos que no, y estoy recordando de dónde sacamos la fuerza para decir no". He seleccionado este párrafo porque me pareció uno de los más significativos. Ya estaban por llegar los americanos por un lado y los rusos por el otro. Los nazis sólo pensaban en matar a cuantos más judíos pudieran. En ese momento, cuando ya estaba a punto de finalizar todo, se produce un cambio imprevisto: los nazis, que tenían como misión matar a los judíos hasta el último momento, al ver que la liberación se acercaba, decidieron quitarles la ropa a los prisioneros, ponérsela ellos y tratar de mimetizarse con sus víctimas para pasar inadvertidos y, de esa manera, evitar el castigo. Quien haya pasado por esos momentos, jamás los podrá olvidar.
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